El miedo es el mensaje
contacto: claudia moreno - 05-04-2006 22:57:53 | Categoria: Santa Fe
Prensa y cuestiones pendientesPor Alfredo Montenegro - Dos trabajadores de prensa: el Gaucho Beas y Daniel Briguet, retoman lo que fue el oficio durante la dictadura. Entre el compromiso, la complicidad y los negocios que legitiman una eterna ley de radiodifusión
“Seguramente a la esposa de un general no le gustaba la revista”, me dijo Carlos Trillo en 1976, al explicarme porque había sido cerrada Mengano”, dice el periodista y docente universitario Daniel Briguet al recordar que la primera nota que iba publicar en aquel medio de la Editorial Julio Korn también fue su primer tropezón con la censura de aquellos años.
Para el ilustrador y dibujero Héctor Gaucho Beas, “desde el Rosariazo (1969) se veía lo que vendría y los métodos que usarían los milicos. “Ya durante esa revuelta, salía una tarde del trabajo y al estar en una movilización en plaza Sarmiento, llegaron los jeep policiales - les decíamos: cuartito azul-, con tipos uniformados o de civil y con los rostros tapados con pañuelos. Corrí por la calle Corriente y ante los balazos me tiré donde está el bar Olimpo, mientras los carros policiales zigzagueaban por la calle para pegarles a los jóvenes. Desde el piso veía que un adolescente – en pijama - miraba todo desde un balcón. Luego bajo y se lo llevaron”, recuerda Beas. “Había cometido el delito de estar en la puerta de su casa y en pijama”, remarca para graficar cómo era ya en los setenta el accionar represivo.
Sucede que desde 1970, “el comandante II Cuerpo del Ejército, Juan Carlos Sánchez y Agustín Feced, jefe de Policía, “impulsaban el Servicio Antisubversivo de Rosario (SAR). Contaba con un camión equipado con picana y otros instrumentos de tortura que circulaba por la ciudad en busca de “sospechosos”, afirma Viano Cristina en, “Una ciudad movilizada”, 1966-1976.
En ese ambiente, llegó al 24 de marzo de 1976: “Se comunica a la población que la Junta de Comandantes Generales ha resuelto que sea reprimido con la pena de reclusión por tiempo indeterminado el que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare comunicados o imágenes provenientes o atribuidas a asociaciones ilícitas o personas o grupos notoriamente dedicados a actividades subversivas o al terrorismo. Será reprimido con reclusión de hasta diez años, el que por cualquier medio difundiere, divulgare o propagare noticias, comunicados o imágenes, con el propósito de perturbar, perjudicar o desprestigiar las actividades de la Fuerzas Armadas, de Seguridad o Policiales”, comunicado Nº 19, de la Junta Militar.
Briguet, tras su censurado paso por Mengano, colaboró con Hortensia y trabajó en los diarios rosarinos El País y La Tribuna. “En 1977 hacía notas de humos y luego pasé a la sección Cables de El País”. Ese diario era parte del emporio de grupo Trozzo, vinculado al Opus Dei y al Banco de Intercambio Regional (BIR), entidad que saqueó a ahorrista y al Estado en 1979.
“Había macarthismo”, afirma mientras señala que una vez lo “molestaron” por poner en una nota elecciones en Italia, una foto del secretario del Partido Comunista. También remarca que la centralización de la información y la “condición satelital de los medios rosarinos con respecto a los porteños ya estaba instalada. En el 80, durante una asonada militar en Córdoba, me pidieron que llamara al destacamento militar de Jesús María. Me contestan y me pasan directamente con el general Menéndez, quien me dice que piensa marchar con sus tropas a Córdoba. Cuando informé a los secretarios sobre la primicia – conseguida casi por casualidad – tuvieron temor de difundirla. Luego, como un corresponsal de la agencias informativa Noticias Argentinas (NA) trabajaba en mi diario, aparece la noticia entre los cables de NA. Entonces si se publicó la versión de la agencia y no la original que yo había logrado”.
“Creo que casi todos los medios importantes del país dieron su asentimiento al poder militar. En Rosario pasó algo parecido, y fue ese silencio de la prensa, junto a lo que pensaba una franja grade de la sociedad, uno de los pilares del terrorismo de Estado”, resalta.
“Por la procedencia del diario El País, casi no hacía falta la presión de los militares, quedaba entre paréntesis el tema de la represión y los desbordes del gobierno”, recuerda el autor de “El último verano”, “Historias con mujeres” y otros títulos, además de producir de ensayos sobre temas relacionados a la cultura urbana y medios de comunicación.
Sobre los cambios que trajo el inicio del período constitucional, afirma que “el proceso militar dejó muchas marcas en la sociedad, y por ello también en los medios de comunicación. Vino el destape que se prestó a equívocos y en manipulaciones, la censura pasó de política a empresarial y económica”.
“No hubo una autocrítica ajustada y se supedita toda la culpa al terrorismo de Estado, pero hubo consentimiento y muchos habían esperado la caída de Isabel, cuyo gobierno democrático y estaba por terminar. La cuestión pendiente es que aún sigue vigente la ley 22.285 de radiodifusión impuesta por los militares en 1980. Además de ser obsoleta está viciada de nulidad”
Complicidad y ocultamiento
Por su parte, Beas remarca: “Me da bronca leer hoy los análisis de equivocaciones de Isabelita, después de todo ella estaba en la presidencia por ser elegida por el pueblo. Sólo había que esperar a las elecciones y no votarla. Los políticos, civiles y eclesiásticos contribuyeron a la caída y la festejaron. Ahora algunos hacen mea culpa, pero beneficiaron a la derecha”. Indignado sostiene que “eso nos costó treinta mil desaparecidos.
El Gaucho trabajó en El País, La Tribuna y Rosario, colaboró con publicaciones humorísticas y con una de las primeras revistas censuradas: Línea, una publicación peronista y nacionalista.
“En los diarios había mucha tensión, no había indicaciones, pero teníamos miedo y sabíamos cómo era la represión porque desaparecían muchos compañeros. Trabamos de no callarnos la boca y mandar mensajes lo más explicito posible”, dice el dibujante y hoy delegado de los trabajadores de La Capital.
“Me sorprende ver hoy los originales que me animaba a publicar en esa época. En La Tribuna nos decían que nos cuidáramos y que fuéramos inteligentes, había presiones del Comando y muchas cosas no salían. Me sugirieron que tuviera cuidado con el humor contra las juntas militares, pero con la guerra de Malvinas -admite Beas- fui muy crítico contra los milicos. También en algunos medios había que presentar al Comando antes de ser editadas”.
“En Pérez daba un curso de política, gremialismo e historia, en la Juventud Peronista, cuando alguno me decía que iban a pasar a la clandestinidad yo les decía lo creía que sucedería. Pero los jóvenes estaban muy politizados. Perdí muchos compañeros”, resalta el artista de las acuarelas y tintas gauchescas, quien también ha realizado numerosas muestra y exposiciones en Argentina y el exterior.
“Se sabía lo que pasaba, pero no la magnitud de la represión. Los hechos se conocían separados y la desinformación no permitía relacionar todo. El ocultamiento de los hechos fue manejado por la dictadura”, admite Beas.
Pero también, con una anécdota dibuja un panorama de la represión. En su Pérez, formaba en 1982 un grupo que hacía campamentos con chicos de 8 a 10 años. “En un bosquecito, detrás del club Mitre hacíamos las prácticas, pero a las 7 de un sábado nos despertamos con ruidos de autos. Eran tres vehículos con uniformados que nos rodearon y apuntaron. Revolvieron carpas y mochilas mientras los pibes lloraban asustados. Cuando el jefe del grupo me llevó para hablarme, me dijo que según una denuncia de un vecino ahí hacíamos prácticas terroristas. Le dije que siempre hacíamos esos campamentos con aviso a la policía. El tipo me dijo que debía agradecerle porque habían pensado venir a las 4, pero no a hablar sino a matar. Antes de irse, el oficial me dijo que se llamaba Feced. Mucho después, en la ruta rumbo a Rosario cruce un auto acribillado y un cuerpo desangrado, era un tal San Juan, el que nos había delatado”.
Deudas y herencias
Desde el 24 de marzo de 2006, como en todo el país, las Fuerzas Armadas asumieron integralmente el control del aparato estatal. En Santa Fe, el primer interventor fue el coronel José María González, y desde abril el vicealmirante Jorge Aníbal Desimoni se convirtió en gobernador santafesino.
El teniente general Genaro Díaz Bessone, asumió en 1976 la titularidad de II Cuerpo del Ejército, en octubre lo reemplaza el general Leopoldo Fortunato Galtieri. En tanto, el comandante de Gendarmería Agustín Feced fue nombrado delegado interventor de la Unidad Regional II de la Policía.
Mientras La Capital decía el 25 de marzo de 1976: “fue un día común”, eran detenidos políticos provinciales, diputados y concejales. El II Cuerpo difundía las informaciones, se clausuraron locales sindicales y políticos y fueron ocupadas las radios.
Entre las internas de los uniformados estaban los que buscaban censurar a los partidos políticos y organizaciones sociales, y los que deseaban captarlos para incorporarlos al gobierno y limpiar la imagen. Así, muy gustosos se arrimaron a los milicos para las fotos, aunque luego hagan autocríticas muchos dirigentes rosarinos. Demócratas progresistas, desarrollistas sostuvieron al gobierno, junto al apoyo del Arzobispado, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural.
“Videla vino a Rosario, fue ovacionado por una multitud. Los dedos pulgares hacia arriba del presidente marcan un símbolo nacido en Rosario , gobernantes y pueblo se encuentra mutuamente” Evaristo Monti, La Capital, 25 de junio 1978. Desde LT8, Monti legitimó al terrorismo de Estado, mientras nacía con la privatización de LT2 el primer multimedia rosarino, gracias a las vinculaciones con los militares del ex intendente de facto, Alberto Gollán.
A treinta años del proceso militar, los grandes medios y figuras del periodismo despliegan ediciones especiales y cientos de notas recordatorias. Pero parece imposible que se desprenda una autocrítica desde la prensa por su responsabilidad al impulsar y colaborar con la desinformación y el silencio.
Nadie duda de los delitos cometidos por los militares, pero también se debe condenar a sus cómplices, en esa línea están los empresarios periodísticos y estrellas mediáticas que alabaron y justificaron el proyecto económico de exclusión.
Los recordatorios y condenas a la dictadura son simple reacomodamientos y estrategias de marketing que falsifican la urgencia de democratizar la comunicación. Como indica Briguet, la actual norma fue implementada por los militares, pero los grandes medios son cómplices de perpetuar ese arrebato a los derechos a la información.´
Desde 1983, la ley de radiodifusión fue modificada para permitir el proceso de concentración. La dictadura militar y la dictadura económica que la sucedió, no podían admitir una radiodifusión comunitaria. Por eso, los capitales que hacen negocios con la comunicación bloquearon el andar de los sectores populares hacia los medios para frenar su organización.
Esa concentración informativa que impone la voz única del sector dominante, aún es defendida por quienes se prenden del negocio de los grupos económicos.
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