"Navidad Año Nuevo. Mis años felices"
contacto: claudia moreno - 05-01-2006 21:58:27 | Categoria: General
Por Juan Ríos. Cuando era chico, muy chico, vivía en un pueblo tranquilo y me pasaba todo el año esperando Navidad, ese tiempo dorado de los duraznos, las sandías y las chicharras acompañado de las inevitables, numerosas y fantásticas reuniones familiares. Vivía en una casa muy espaciosa, mejor dicho con un terreno inmenso que ocupaba una cuarta parte de la manzana, con patios, jardines, quinta, gallinero y arboleda, una maravillaEra el punto de concentración anual donde convergía la parentela local y del campo, la gringada de las colonias siempre se hacía presente, frente a mi casa se llenaba de vehículos a motor y a caballo y mi casa era una mezcla de criollos, gallegos, portugueses e italianos y los chicos disfrutábamos de la aventura de dormir en el piso y muchos visitantes debían arreglarse con catres al aire libre, en el patio.
Llegaban con tiempo, antes del 24 y ya que estaban, muchos prolongaban la estadía hasta la increíble despedida de fin de año. Por cierto que no llegaban con las manos vacías: corderos, cabritos, lechones,
terneritas, embutidos. Si se quiere la parte más triste venía acompañada de la matanza de los animales vivos que traían y que nos obligaba a meternos bajo las camas tapándonos los oídos, sobre todo cuando mataban los chanchos que son los que más gritan palpitando su fin.
Mi papá oficiaba de anfitrión y disfrutaba entusiastamente de todo eso, participaba de las carneadas y personalmente se encargaba de programar y dirigir las parrilladas que requería de algunos ayudantes y voluntarios. Mi mamá se encargaba de las ensaladas, las cosas dulces y el clericó.
El viejo era un tipo carismático, simpático, de buen humor y era imposible enojarse con él. Los más viejos lo llamaban por su nombre y para los demás era "El tío", respetado querido y admirado, a quien se
acercaban dispuestos a escuchar alguna humorada o alguna picardía que inevitablemente debía terminar en una carcajada generalizada. Además del vino, que consumía generosamente, le gustaba recitar, entonar algunas canciones, con más entusiasmo que calidad, y por supuesto, su especialidad, contar chistes y cuentos que se los sabía a montones. Por algo era ferroviario, guarda tren, y solía decir que entre los requisitos para ser admitidos como guardas, los aspirantes debían saber cocinar, tomar vino y conocer no menos de 20 cuentos originales. "Uniditos los
guarditas" solía repetir socarronamente, con tonada forzadamente santiagueña reafirmando el orgullo de pertenecer a una categoría especial.
La mesa navideña se componía en realidad de largas hileras de tablones sobre caballetes para dar cabida a centenares de personas de todo tipo edad y calaña unidos bajo el mote de parentela que con la abundancia disponible devenía en pantagruélicas comidas. La hora del brindis y los saludos eran interminables sobre todo porque con la abundante ingesta alcohólica los invitados se terminaban saludando repetidas veces
entre las mismas personas.
Bajate la nota completa
Comentarios (0) - Referencias (0)