Fui yo
contacto: claudia moreno - 13-12-2005 20:30:16 | Categoria: General
Después de una extensa jornada de placer opté por un baño reparador y una buena novela leída en la cama para llamar dulcemente al sueño. Venía plácido, sereno y acogedor. Ese dulce sabor de la somnolencia que se siente después de vibrar en un profundo orgasmo duró varias horas. Mi piel aún bebía el néctar del placer provocando que las voces del exterior no afectara mi estado. No reparé en la iluminación de la calle cuya luz ingresaba por las ventanas abiertas trayendo con ella la suave brisa de primavera. Tampoco me importó el corretear de niños alegres por la vereda jugando a las escondidas ni ese bebé que quizá lloraba por un capricho mientras una suave voz de mujer lo acariciaba con palabras. El ir y venir de los automóviles por las calles era el suave sonido de la vida exterior, del pulular de la gente en esa noche de cálido domingo.
Me quité el camisolín blanco. Comencé a percibir el calor en mi cuerpo luego de la ducha tibia. Las agujas del reloj marchaban lentamente mientras el sueño poco a poco iba llegando a mis ojos que, a su pesar, sostenían las líneas de libro. Lentamente me fui hundiendo en mi cama, degustando el perfume de mis sábanas. Suspiré encantada queriendo llevar hacia el sitio de mis sueños esa suave fragancia a lavanda.
Dejé el libro en la mesa de luz y apagué el velador. Mi cuarto era iluminado solo por la luz callejera. Ingresé con ganas a ese dulce estadio cuando el llanto del niño se presentó con mayor estampa ante mis oídos. Le resté importancia, pensé que pronto se callaría o se iría con su madre o tía o abuela a algún lugar. Los minutos pasaban y, ahora, concientemente quería recuperar el placer por dejarme llevar.
El niño lloraba más fuerte y un – “Basta Ignacio, la Coca se terminó. Basta o nos vamos a casa”. Esa voz ya no era de dulce mamá. Era de una mujer que el capricho del niño la alteró y se metió en mi cuarto alterándome en consecuencia.
Suspiré tratando de pensar en el fantástico sueño por venir, concentrándome en alguna loca aventura que quería vivir en ese lugar de la fantasía, pero tuve que envolver la almohada alrededor de mi cabeza a fin que los gritos de esa madre sacada de sus casillas no me perturbara más.
El insolente niño finalmente desistió de su pedido pero un timbre de celular moderno sonó debajo de mi ventana. El destinatario parecía no querer atender y otra vez la insistencia. Finalmente un hombre contestó el llamado y, al parecer, no es de esos que caminan hablando por celular pues, estancado bajo mi ventana, daba instrucciones sobre el trabajo y próximo encuentro en la oficina a primera hora de la mañana. Luego caminó, abrió la puerta de su auto, lo puso en marcha y se fue. Todo esto parecía desarrollarse al lado de mi cabeza.
Por un instante desistí de pensar aventuras estrambóticas para traer otra vez el sueño que se había escapado por la ventana quizá llevado por la brisa tibia de esa noche de primavera. Me saqué la almohada de la cabeza. La azoté contra la cama y me puse boca abajo cubriéndome los oídos con las manos. Comencé a contar de 300 hacia abajo para confundirme y volver a contar hasta que finalmente me quede dormida.
- Ahh pero que lindo que la pasamos. Che, a ver si se repite ehh??
Chillidos de vecinas y vecinos que encontraron en la vereda el mejor lugar para contarse anécdotas de la vida. Algunos al parecer tenían sus autos estacionados pues, en marcha, seguían hablando aún más fuerte porque el sonido del motor tapaba sus voces.
Una gritona mujer joven, de una punta a la otra, agradecía el banquete a la mujer más vieja que estaba de este lado, justo debajo de mi otra ventana. La más vieja le devolvía en elogios por el postre de manzanas que hizo la primera. Esta, al parecer todavía no se había subido al auto, y le decía que durante la semana le pasaría la receta. El que manejaba, seguramente marido de la primera jetona, le decía a la vieja que en realidad la receta de la torta de manzanas era un invento suyo y que la gritona se llevaba todos los laureles.
Hooooolllaaa como están?
Pasaba otra vecina caminando y saludó a la vieja que seguía con el postre de manzanas y, como toda vecina, se quedó hablando con la vieja mientras la primera jetona con el tipo en el auto se fueron después de innumerables “chau”, “nos estamos hablando por lo del veterinario”. El tipo puso primera y arrancó sintiendo en las patas de mi cama la vibración de ese vehículo destartalado.
Mi sueño estaba perdido. Con furia tiré la almohada y salí de la cama. Me levanté, cerré los vidrios y corrí las cortinas de la ventana porque la luz de la calle era insoportable y esa brisa pegajosa traía consigo las voces de esas vecinas chismosas.
Volví a la cama. Busco la almohada y hundo mi cara en ella. El cotorreo no cesaba. Se iban sumando unos y otros se despedían y venían más. Abrían y cerraban la puerta de rejas para dejar entrar y salir más y más.. eran un millón de bocas y lenguas hablando sin parar aumentando en cada palabra el tono de voz porque por la calle seguían pasando los autos y los colectivos que hacían vibrar los vidrios de mis ventanas.
Me enceguecí. El sueño ya no iba a ser recuperado por días y el perfume a lavanda desaparecía en cada pitada de cigarrillo negro que tragaba para disipar mi violencia interior.
Pero fue solo un instante, esa carcajada de esa mujer vieja y chismosa fue la que provocó todo. Si al menos no se hubiera reído como una hiena, si al menos hubiese sido la risa de un hombre no me hubiera provocado la furia que desaté luego.
Me calcé unos pantalones de jean, las zapatillas y saqué del cajón de la mesa de luz el revolver que tenía reservado para una situación extrema. Jamás lo usé. Lo tenía cargado al menos para intimar a algún ladrón ya que vivía sola y tenía que protegerme de algún modo.
Bajé las escaleras y abrí la puerta con una fuerza indescriptibles. Miré a la vieja de cabellos blancos que continuaba riéndose como una hiena salvaje. Cuando me vio desencajada sus ojos mostraron sorpresa.
- Valentina. Como estás, pasa algo?
- Si. Quiero dormir.
Es todo lo que dije y luego le disparé certeramente a los cinco vecinos chismosos que estaban en la vereda. Le di un tiro a cada uno. Una vez que sentí que realmente se habían callado, volví sobre mis pasos y me quedé sentada en la cama con el arma en la mano a la espera que viniera la policía a buscarme.
No siento culpa, señor, era en defensa personal. Nadie tiene derecho a reírse de ese modo a sabiendas que hay gente que quiere dormir plácidamente. Sí, fui yo, no lo niego. ¿qué si lo volvería a hacer?. No lo sé señor abogado. Sólo quería dormir. Estas celdas son muy cómodas por cierto, no escucho a vecinos ni autos ni colectivos. Los horarios se respetan. Estoy muy a gusto. Pero creo que tendré que hablar con mis compañeras de la celda de al lado que no paran de cuchichear toda la noche.
Comentarios (0) - Referencias (0)